
Llegué a esta hermosa ciudad el 19 de marzo de 2025. No me han decepcionado ni sus maravillas naturales (las cataratas del Niágara, el lago Ontario…) ni la grandeza de la ciudad con sus grandes contrastes; pero hoy quisiera hablar de mi experiencia durante el triduo de Semana Santa.
Sarah Rudolph y Mary Mallany (IBVM) nos invitaron a Katharina de Alemania y a mí (CJ) a participar durante la Semana Santa en la casa de los dominicos. Os aseguro que dije que sí sin saber mucho a dónde iba. Cuando llegué, me di cuenta de que estaba en una sencilla casa – no muy grande-. Éramos alrededor de 5-6 religiosos dominicos, 6 religiosas de 4 congregaciones y unos 10 laicos- amigos y amigas de la comunidad (al menos había personas de 7 nacionalidades: India, Uganda, Argentina, Alemania, España…)
Jueves Santo: Al llegar me encontré en el comedor donde íbamos a compartir la cena (con la aportación de diferentes personas) Fue el momento de saludos y preguntas y, por supuesto, de relaciones humanas. Ahí me encontré con un argentino y os aseguró que disfruté hablando un buen rato con él en español.

Cuando no dominas el inglés – que es mi caso- es una sensación de ¡uf, qué alegría poder expresarme con libertad! Pasamos a otra estancia para tomar té o café y volvimos al comedor convertido en lugar de la celebración de la Eucaristía. Empezamos con el lavatorio de los pies; tomaron parte algunas personas libremente.
No podía dejar de experimentar la vivencia del Cenáculo. ¡Era todo tan humano y espiritual al mismo tiempo! Después de celebrar la Eucaristía, abandonamos el lugar en absoluto silencia.
Viernes Santo: Iniciamos la celebración orando ante el Santísimo y la celebración transcurrió con muchas imágenes durante la oración por la paz, los emigrantes, la reconciliación con el pueblo indígena, la iglesia, el cuidado por la casa común… De nuevo abandonamos el lugar en absoluto silencio.
Vigilia Pascual: Iniciamos en el pequeño jardín de los dominicos con un fuego cuyo humo a causa del viento nos llegaba a todos y al mismo tiempo, hacía difícil mantener la luz de nuestras velas. La luz de Cristo -el triunfo de la Vida sobre la muerte-. Al volver a la sala donde celebramos la Eucaristía, las flores y las velas encendidas cobraban un sentido especial. Para el momento del Gloria repartieron diferentes campanillas con sonidos especiales. El canto acompañado de la guitarra creaba una atmósfera de alegría y gozo. Éramos un grupo de “amigos en el Señor”.

Terminamos brindando porque Cristo vive entre nosotros y es nuestra Luz. Esta Semana Santa se ha convertido en una experiencia vivida desde el corazón. Una vez más he sentido que Cristo Resucitado es capaz de unir culturas, personas de diferentes naciones, pueblos y distintas formas de vida.
PILAR URRETAVIZCAYA CJ