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Una esperanza compartida nos convoca por el cuidado de la Tierra

Desde la Oficina JPIC de la CJ en España queremos agradecer la acogida del Espacio Ronda para el encuentro interreligioso que tuvo lugar el pasado 24 de septiembre. Un espacio de diálogo y escucha en torno a una preocupación que atraviesa fronteras, culturas y tradiciones: el cuidado de nuestra casa común, la Tierra.

Gracias también a nuestras invitadas e invitados, representantes de distintas tradiciones religiosas, que compartieron reflexiones y experiencias sobre nuestra relación con la creación y la responsabilidad que tenemos ante ella. Distintas voces y sensibilidades que, desde sus propias raíces espirituales, confluyeron en una llamada común al respeto, la contemplación y el cuidado.

José Eizaguirre, de la Fundación Tierra Habitada, abrió el encuentro introduciendo la reflexión a partir del primer capítulo de la encíclica Laudato Si’, del papa Francisco. En él se nos invita a tomar conciencia del profundo deterioro socioambiental que vivimos y, sobre todo, a dejarnos interpelar por sus consecuencias. No se trata únicamente de conocer los datos de la crisis ecológica, sino de “tomar dolorosa conciencia, atrevernos a convertir en sufrimiento personal lo que le pasa al mundo”, para tomar acciones encaminadas a su restablecimiento.

A continuación, el Padre Demetrio, Archimandrita del Arzobispado Ortodoxo de España y Portugal, nos acercó a los orígenes de la celebración del Tiempo de la Creación, recordándonos la profunda conexión que existe, dentro de la tradición cristiana ortodoxa, entre Dios, el ser humano y toda la creación. El ser humano no es el principio ni el fin de la evolución cósmica, sino un eslabón más. La naturaleza contiene la belleza y la sabiduría divinas y es portadora de su gracia.

Desde la tradición judía, la Rabina Yael Cobano, de la Comunidad Judía Reformista de Madrid, compartió que septiembre es para los judíos el inicio del año, el cumpleaños del mundo, y se considera también como un nuevo nacimiento. A partir del relato del Génesis, explicó que en hebreo existe una conexión lingüística entre Adam, el ser humano, y adamá, la tierra o el suelo. Una relación que encierra una poderosa imagen espiritual: el ser humano está profundamente unido a la tierra, de la que procede y a la que, en último término, retorna. Y es puesto por Dios, a su imagen y semejanza, para servir, cuidar y adorar la creación.

Por su parte, Fátima Echeverría, de la Comunidad Bahá’í, compartió distintas iniciativas educativas y sociales orientadas a despertar la conciencia sobre el cuidado y el respeto hacia la Tierra. Una responsabilidad que parte de una idea esencial: la tierra no nos pertenece, sino que nos ha sido confiada por Dios, para respetarla, protegerla y preservar la vida, en orden a alcanzar la paz, la unidad en la diversidad, la hermandad y la armonía: el futuro al que estamos encaminados como humanidad.

Sirus Shanavaz, de la Orden Sufí Molaviye Persa, nos acercó a la visión de la unicidad propia de la tradición sufí: una comprensión de la realidad en la que Dios es amor y la propia existencia de la creación revela la divinidad. Desde esta perspectiva, el ser humano puede tomar conciencia de su participación en ese acto de amor a través de la meditación, la contemplación y una mirada más profunda sobre sí mismo y la realidad que le rodea.

Para finalizar el encuentro, pudimos contemplar el giro sufí de Nerea Mafarki, que girando sobre sí misma, igual que la Tierra, nos invitaba a la meditación, la gratitud y la conciencia. Nuestro agradecimiento a todas las personas que estuvieron presentes y que, con su participación y su escucha, hicieron posible un encuentro en el que la diversidad de voces se convirtió en unidad y la esperanza compartida nos seguirá animando en nuestra labor de construir un mundo más pacífico, justo y sostenible.

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