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Tras un verano largo y sofocante, en el que hemos vivido sucesivas olas de calor y nuevos récords de temperatura, llegamos a septiembre con la conciencia de que algo está cambiando profundamente en nuestra casa común.

Los incendios han vuelto a dejar una huella dolorosa. Las noticias que nos llegan de Nepal tras la riada provocada por el colapso de un glaciar nos sobrecogen. Por encima de todo, lamentamos las vidas humanas perdidas, pero también las casas, los cultivos, el ganado, los bosques y tantos ecosistemas que han quedado destruidos. Son heridas abiertas en nuestra tierra y también en la vida de las comunidades.

Y, junto a la emergencia climática, vivimos un tiempo marcado por las tensiones, la crispación social y los conflictos. Las guerras y las confrontaciones geopolíticas ya no permanecen lejanas: las hemos sentido cerca, incluso en nuestra propia frontera. Es un tiempo de calentamiento global, no solo por el aumento de las temperaturas, sino también por el grado de polarización y crispación que experimentamos en nuestras sociedades.

En este contexto, llega, como cada septiembre, la invitación a celebrar el Tiempo de la Creación. El mensaje del Papa León XIV para la Jornada Mundial de Oración adquiere un peso particular en este momento. Describe el sufrimiento humano y la alteración de la creación como «un único clamor de sanación y paz que se eleva desde un mundo herido».

El lema de este año no puede ser más sugerente y más necesario: ¡Agua Viva!

La imagen nos lleva al libro del profeta Ezequiel: «Por dondequiera que pase el torrente, todo ser viviente que en él se mueva vivirá» (Ez 47,9). Y más adelante: «A sus orillas crecerán árboles de toda especie (…) sus hojas no se marchitarán ni sus frutos se acabarán» (Ez 47,12).

El agua es signo de bendición, renovación y gracia. El río que brota del templo va transformando cuanto encuentra a su paso: refresca el ambiente, sana las aguas, hace florecer la tierra y devuelve la vida allí donde parecía imposible.

También hoy nuestra tierra tiene sed.

Tiene sed de agua, sí, pero también de cuidado, comprensión, justicia y reconciliación. Tiene sed de paz.

El símbolo del agua nos recuerda la gracia de Dios, capaz de ablandar los corazones, de sanar heridas y de hacer florecer la vida incluso allí donde la esperanza parece más frágil.

Allá donde fluye mansamente el río de Dios, la vida puede florecer de nuevo.

Esta imagen de Ezequiel resulta especialmente evocadora y relevante para nuestro tiempo. Nos recuerda que la Creación no está separada de nosotros: la salud de los ríos, de los bosques, de los mares y de la biodiversidad está íntimamente unida a la vida de las personas y de las comunidades. Cuidar la casa común es también cuidar la vida y abrir caminos de reconciliación y de paz.

Estamos llamadas a acoger esta invitación y a hacer del Tiempo de la Creación una oportunidad para contemplar, agradecer, convertirnos y actuar. Cada comunidad, cada grupo y cada persona puede encontrar su propia manera de dejar que el «agua viva» de Dios renueve nuestra mirada y nuestros compromisos.

Os animamos, por tanto, a vivir con creatividad y esperanza este nuevo Tiempo de la Creación, a buscar momentos de oración y reflexión, a generar espacios de encuentro y diálogo, y a impulsar gestos concretos de cuidado de nuestra casa común.

Que el río de Dios siga fluyendo entre nosotros.

Que refresque nuestro entorno, sane nuestras heridas, ablande nuestros corazones y nos ayude a construir puentes allí donde hoy hay división.

Y que, a su paso, la vida vuelva a florecer.

En el siguiente vídeo podéis ver la invitación de varios líderes religiosos a la oración ecuménica que da inicio al Tiempo de la Creación.

Podéis inscribiros en este enlace de zoom. Tendrá lugar hoy, martes 1 de septiembre a las 15:00 hora española. https://us06web.zoom.us/webinar/register/WN_egcndEyITiqhCPXUq6mSUA#/registration

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