
Al observar nuestras manos, marcadas por los años de servicio y devoción, puede que algunas de nosotras nos preguntemos si aún tenemos un futuro lleno de posibilidades. Pero sabemos que, a pesar de la edad y las limitaciones físicas, nuestros corazones aún laten con esperanza y nuestros espíritus aún pueden albergar sueños.
El acto de soñar no está restringido por el tiempo ni por las circunstancias físicas. En nuestras vidas de servicio y devoción, hemos aprendido a vivir con propósito, a entregarnos a algo más grande que nosotras mismas. Esa entrega, esa dedicación, es el suelo fértil donde los sueños pueden florecer, independientemente de la edad.
Nuestros sueños ahora no son de grandes aventuras físicas, sino de aventuras del alma.
Soñamos con la profundización de nuestra relación con Dios, con encontrar nuevas maneras de servir, de amar, de ser luz en la vida de quienes nos rodean. Soñamos con la sanación y reconciliación de las heridas del pasado, permitiendo que el perdón y la gracia fluyan libremente en nuestros corazones.
