La historia de Leymah, mujer luchadora donde las haya, nos trae a la memoria la de Mary Ward, que aunque tantas veces escuchada, no deja de inspirarme, sorprenderme y cuestionarme. La inquisición la hubiera quemado gustosamente en una hoguera. El mismo papa, Urbano VIII, condenó a Galileo y la condenó a ella. Mary Ward fue la primera mujer cristiana decidida a situar a las monjas fuera de los conventos de clausura donde los varones las tenían encerradas. El amor a Dios que en ella arde como el fuego, no se puede encerrar. No es posible amar a Dios y no trabajar para extender «Su Gloria». Formó grupos de jóvenes muy preparadas y las puso al frente de escuelas y de misiones arriesgadas. Defensora de la Iglesia Católica en Inglaterra, sufre la persecución anglicana por ayudar a los pobres, a los presos y a los católicos vacilantes en su fe. Como sabemos, pagó bien caro su atrevimiento.

Pero Dios siempre tiene la última palabra y a pesar de la jerarquía, empeñada en ahogar sus planes, sus seguidoras han contribuido desde la mitad del siglo XVII a capacitar a las mujeres para su gran revolución.

Tanto la vida de Mary como la de Leymah me evocan la frase de Pedro Arrupe SJ: “No me resigno a que, cuando yo muera, siga el mundo como si yo no hubiera vivido.”

Que la inspiración de sus vidas, la oración y las manos del Señor, nos acompañen en nuestro camino de conversión cuaresmal hacia la Pascua.

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