La bendición de mi Abuelita

Quiero compartir un poquito de mi experiencia.

Este es el tercer año que estoy lejos de mi familia, en países distintos, el espacio territorial que nos separa es de 3.999km, fueron muchos eventos de familia en los que no pude estar presente. Con la pandemia las cosas se tornaron más difíciles, vivir la angustia día a día y el miedo que me bloquea. Más frente a todo este dolor, sufrimiento, yo estoy agradecida a Dios de poder encontrar la alegría de vivir el hoy.

Esta alegría encuentro en el rostro de mi abuela. Por una vídeo llamada que siempre empieza y termina con el mismo ritual: Yo – benção Mainha (“dame la bendición mamita”. Mamita, modo cariñoso de llamar a mi abuela) y ella con una gran sonrisa contesta: “Dios te bendiga. A ti y a toda tu generación. Que te proteja de todos los males”.

Cómo no sentir la alegría del toque de Dios a través de mi abuela, que tiene en su rostro las marcas de sus 86 años. ¿Cómo no sentir la alegría que refleja en sus ojos y en sus palabras?

Cómo no sentir que es Dios el que susurra en mi oído ante cada situación sea cual fuera, que la bendición de mi abuelita es realmente una capa protectora que protege a mi generación.

Salta la alegría en mi corazón, que me hace pensar en la grandeza, la libertad y la fraternidad de mi abuelita, que desea la protección a todas, no solo a mí porque es una bendición que se extiende a muchos y muchas. Es el espíritu de la resurrección presente en lo cotidiano, en las cosas más sencillas. Jesús resucitado cuando se presentaba a sus amigos siempre les decía, “la paz esté con ustedes”. El deseo de la paz de Jesús, se perpetua de generación en generación, nosotros y nosotras somos capaces de sentirla y vivirla. La bendición de mi abuelita viaja kilómetros y kilómetros hasta dónde estoy, yo la siento y la vivo.

Esta es la experiencia de la alegría: recibir un regalo que no tiene fecha de término, no se rompe, no se acaba y no cansa. Un regalo que no tiene tiempo y otro lugar que no sea el corazón de quién lo recibe.

Soy feliz, me siento realizada, estoy completa porque tengo una abuelita con la cara de la alegría verdadera.

Usted, que está leyendo o rezando estás palabras, te invito a buscar la alegría de tu vida en lo más sencillo de la vida.

Quizás un día y en algún lugar del mundo yo también pueda escucharte expresar tu alegría.

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