A Mary Ward y Doris Lessing les une un espíritu valiente que no se conforma con los cánones de sus épocas y se atreven a hacerles frente para conseguir sus respectivas metas. Su espíritu viajero también les hace tener una visión más abierta del mundo que la de la mayoría de sus contemporáneos. No les da miedo salir de su estado de confort y enfrentarse a “lo diferente”.

Lessing describe la vida como subir por una montaña e ir disfrutando de las diferentes perspectivas del paisaje, “reconsiderando la vida conforme la vamos viviendo”. El ser humano está en constante evolución, sus circunstancias, sus emociones… Al igual que nosotros, las personas que nos rodean también evolucionan, cambian debido a sus circunstancias personales y aprenden de sus errores. Debemos adecuar constantemente nuestra mirada, nuestro corazón y comprender los diferentes momentos, las diferentes “estaciones” por las que pasa nuestra vida y la de los demás.

Sin embargo, Mary Ward cuenta con un compañero incondicional, que le va guiando de la mano en el camino de la vida. En ÉL reside su fuerza, su coraje, que la mantiene firme frente a las adversidades que se le van presentando a lo largo del trayecto.

Mary Ward es consciente que para tener el alma en paz es importante mantener el equilibrio, la ecuanimidad, tanto para ella misma como para los demás. Los cambios de humor o los acontecimientos externos que puedan perturbarnos no deben ser reprimidos, deben tenerse en cuenta, ser permitidos, referirlos luego a Dios y así poder integrarlos. “Quiero esforzarme en conseguir que emociones o acontecimientos no logren perturbar fácilmente mi equilibrio interior ni mi conducta exterior, pues la libertad y el sosiego espiritual, libre de pasiones, son muy necesarias, tanto para mi progreso espiritual como para el trato con los demás” (VP 1/1) La libertad de la que habla proviene de su apego a Dios y será Él quien nos acompañe en la vida para conseguir nuestra meta, la cima de la montaña.

Con respecto a nuestra relación con nuestro prójimo, invita a tener “claridad de visión” para no pararnos en las apariencias y precipitar el juicio y posterior condena. Muchas veces no conocemos las circunstancias y sólo Dios puede juzgar. Dios es Verdad, “el que ni engaña ni puede ser engañado” (Carta 26 de noviembre de 1630). “No debéis escandalizaros, aunque os parezca que otras personas tienen imperfecciones y pasiones (…) debéis juzgar y pensar lo mejor, aunque os parezcan llenas de pasión, airadas y cambiantes (…) lo mejor es pensar que Dios rige y gobierna a los justos y que todas las cosas redundan en nuestro bien” (LR 260)

“Actuad no por temor sino solo por amor”.

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