Mabel Ibañez

Hablamos con Mabel Ybáñez en su despacho de Manos Unidas, donde coordina al equipo de proyectos en África, el área más grande de la organización, desde la que se apoyan cerca de 400 proyectos al año. Resolutiva, cercana, y comprometida con su trabajo, Ibáñez se considera una privilegiada y, por lo tanto, “deudora de los talentos que ha recibido y desarrollado”. Por ello, consciente de que estaba plena de fuerzas y ganas de compartir, desde su prejubilación en 2008 dedica sus días a trabajar por “erradicar el hambre y la pobreza en el mundo”, como reza el lema de Manos Unidas.

Una labor que lo mismo le ha llevado a pasar tres semanas recorriendo una parte de la República Democrática del Congo como a pasar muchas de oficina, valorando proyectos y coordinando  un equipo de 70 personas -en su mayoría voluntarias- y lograr que “todos miren en la misma dirección”.

Más de una década después de comenzar su compromiso con Manos Unidas, nos cuenta cómo es su trabajo en la organización, cómo llegó hasta ella y cómo había sido su vida hasta entonces.

Pregunta: Eres antigua alumna de las Irlandesas, ¿dónde estudiaste y qué recuerdos tienes de ello?

Estudié primero en Madrid, en el Colegio de Velázquez, y tengo un recuerdo maravilloso. Era un colegio en el que las religiosas eran más abiertas, más tolerantes y cercanas que otras instituciones. Después continué estudiando en Irlanda, en Loreto Abbey Rathfarnham, donde todavía conservo grandes amigas. Ahora valoro mucho cosas a las que en su momento quizás no di importancia, como el hecho de que nos educaran realmente para trabajar y vivir una vida independiente. Yo quería haber estudiado periodismo, pero por diversas razones, terminé estudiando Interpretación y Traducción. Antes, había hecho estudios de comercio en Suiza y ambas se complementaban muy bien. Empecé pronto a trabajar en temas relacionados con el comercio, pero también he trabajado en empresas relacionadas con cine, decoración, organización de congresos… Después estuve trabajando en el Instituto de Comercio Exterior y en el año 2008 me surgió la posibilidad de prejubilarme. No era mi idea, pero al final cogí la oportunidad con la idea de tener más tiempo libre y disfrutar; pero lo que pretendía ser un año sabático se convirtió en tan solo unos meses.

¿Fue entonces cuando decidiste comenzar con el voluntariado?

Si te soy sincera, fue algo inesperado. Ese primer verano de “jubilación”, Mamen Lacalle, que ahora es responsable de Costa de Marfil y Togo, me propuso colaborar con Manos Unidas. Yo no había tenido ningún contacto anterior con esta organización, pero la verdad es que acostumbrada a estar ocupada, tener tanto tiempo libre de repente se me hacía largo. Así que envié mi CV para proponerme como voluntaria y me ofrecieron trabajar en el departamento de cofinanciación, ya que es donde yo tenía experiencia. Estuve aproximadamente un año y luego surgió la oportunidad de trasladarme al equipo de proyectos, apoyando a la responsable de Congo. La idea me gustó mucho y comencé a trabajar con ella. A los pocos meses, ella misma me ofreció dirigir la zona; yo estaba muy verde y, sobre todo, no conocía todavía el país. Fue entonces cuando realicé mi primer viaje a Congo, junto a Mamen Lucas, con una amplia experiencia en el terreno. Fueron 25 días, un viaje iniciático donde tomé conciencia y contacto real con África. Fue un poco de película. Bajé 5 horas en piragua motorizada por el río Congo, volamos en avioneta… Cada noche dormíamos en una misión distinta. Es una zona de una belleza espectacular, pero el viaje es duro. A mí me sirvió para abrirme los ojos y tomar conciencia. Y aquí estuve durante cuatro años, hasta 2014. Fue entonces cuando me ofrecieron ser la Coordinadora de África. Yo dije que estaría encantada, con una sola condición: que la persona que me sustituyera como responsable de Congo fuera Mamen, porque ambas compartíamos la misma visión sobre el país, conocía perfectamente a las contrapartes…

Todo un reto

Pues sí, sin duda.  La mayor dificultad es coordinar a las personas, lograr que todos miremos en la misma dirección. Porque es normal que cada cual tenga sus opiniones, pero no debemos perder de vista que todos trabajamos con un mismo fin. Tenemos un gran equipo, con gente muy capacitada, y mi objetivo es sacar de cada persona lo mejor de sí misma.

Mabel Ibañez junto a la periodista y abogada congoleña Caddy Adzuba, galardonada en 2014 con el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia por su trabajo como defensora de los Derechos Humanos, durante una visita a la sede de Manos Unidas.

¿Cómo es el proceso para financiar un proyecto?

En primer lugar, no aprobamos ningún proyecto que no hayamos visitado antes. En cada viaje, tenemos un plan muy estricto: visitar los proyectos que nos han presentado y que nos solicitan financiación; visitar los que ya están en marcha para ver cómo evolucionan y, en los que ya se han terminado, poder valorar cuál ha sido el impacto en la sociedad y el entorno. Y te puedo decir que en una grandísima mayoría, los proyectos cumplen con sus objetivos. En alguna ocasión puede haber una pequeña modificación en los presupuestos, pero generalmente no nos encontramos con ningún problema. Además, estos viajes nos sirven también para descubrir nuevas contrapartes y proyectos en las zonas en las que nos movemos.

Al mismo tiempo, tenemos una estrategia país para cada uno de los territorios. En cada país analizamos la situación desde el punto de vista sanitario, educativo, agrícola, de igualdad hacia las mujeres. El objetivo es conocer bien las necesidades y discernir sobre las áreas de actuación en las que nuestra intervención puede ser más útil. Los proyectos son mayoritariamente, educativos, y a continuación tenemos los relacionados con alimentación, pues creemos que estos dos aspectos son básicos para el desarrollo de todo lo demás.  

Tenemos una estrategia país para cada territorio. En cada lugar analizamos la situación desde el punto de vista sanitario, educativo, agrícola y de igualdad hacia las mujeres, entre otros aspectos. El objetivo es conocer bien las necesidades y discernir sobre las áreas de actuación en las que nuestra intervención puede ser más útil.

¿Cómo comunicar lo que vemos?

Tenemos que aprender a contar y comunicar lo que vemos y vivimos en los viajes. Somos conscientes de que las cifras no valen para nada, pero no siempre es fácil enfrentarse a los medios de comunicación y saber cómo transmitir lo que está pasando. Creo que es importante contar algo que realmente hemos vivido, que conocemos bien. El año pasado estuve en Kanzenze, en República Democrática del Congo, iniciando un proyecto de saneamiento y agua integral para el hospital de referencia de la zona. Un centro que da servicio a 140.000 personas y donde hasta ahora no tenían ni agua corriente para limpiar el material que se utilizaba en el centro. En ese viaje se me ocurrió intentar llevar uno de esos bidones que las chicas y mujeres transportan en la cabeza como si tal cosa. Obviamente, no fui capaz de moverme con ella. Las chicas, a veces incluso niñas, bajaban y subían a la fuente diariamente. Eso es la forma de tomar conciencia, de ponernos en su lugar y ser conscientes de no hablamos de cifras. Hablamos de niñas, en edad de desarrollo, dedicando la mayor parte de su tiempo a cargar agua.


DERECHO A LA ALIMENTACIÓN

Además de apoyar proyectos, desde el departamento de África de Manos Unidas organizan también encuentros para trabajar la incidencia política sobre el derecho a la alimentación. En mayo de 2019 se celebró el III Encuentro sobre el Derecho a la alimentación, en Nairobi. Dirigido por Claire Ameyo -presidenta de la Red de Mujeres, Derecho y Desarrollo en Togo -, el foro giró en torno a la producción y comercialización de alimentos, las dificultades provocadas por el cambio climático y la falta de acceso al agua y el papel de la sociedad civil para avanzar en el derecho a la alimentación. Todo con el objetivo de identificar los principales desafíos y, sobre todo, promover el aprendizaje conjunto entre las propias contrapartes. Así lo explica Mabel Bañez: “lo más gratificante es que ha sido un encuentro en el que hemos ido a escucharles a ellos, aprendiendo conjuntamente con ellos, no dando lecciones. Nosotros aprendemos de ellos, ellos de nosotros y ellos entre sí. Porque los desafíos, los retos, los cuellos de botella, e incluso algunas soluciones y buenas prácticas pueden ser compartidas entre Uganda, Zimbabwe o Tanzania. Además, de allí ha surgido una extensa red de apoyos para trabajar de forma coordinada en el futuro.  La propuesta es que las propias contrapartes puedan hablar y organizarse juntas, y tengan un espacio en el que los expertos africanos hablen sobre la alimentación.

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