Cecilia O’Dwyer viajó a Vietnam el pasado verano. Pasó unos días con la comunidad de Loreto (IBVM) de aquel país, con las que aparece en la fotografía. De entre todos sus recuerdos del viaje, nos relata esta entrañable historia de conexión entre mujeres.

La vi a través del escaparate del restaurante donde cenaba. Eran las ocho de la tarde. Llegó en su bicicleta, cargada con cestas de verdura.
Aparcó la bicicleta —su tienda, su negocio— justo frente al restaurante y se sentó en una silla baja destinada a quienes quisieran tomar algo fuera, en aquella noche tórrida como tantas en Hanoi. No había nadie más en ese momento, y por eso pude observarla con calma.
Me preguntaba a qué hora habría salido esa mañana a comprar la verdura, hasta dónde tuvo que ir para abastecerse, si era ella la principal proveedora de su familia. ¿Se habría levantado de madrugada? ¿Habría tenido tiempo de comer y descansar un rato, como llaman en Vietnam a la siesta?
Su rostro mostraba cansancio. Permaneció sentada, en silencio, un buen rato. Luego se levantó y empezó a ordenar las verduras. De una bolsa colgada del manillar sacó más productos y los fue colocando con cuidado. Me cautivó la serenidad que transmitía en cada gesto. No sabía a qué hora habría comenzado su jornada, pero sí que seguía trabajando bien entrada la noche, siempre con su bicicleta.
En su mundo hace falta ser emprendedora y tenaz. Ya me habían dicho que aquí hay que trabajar sin faltar ni un solo día: si desapareces, pierdes a tus clientes, y con ellos tu sustento.
Mientras la observaba colocar sus verduras, como si levantara cada vez un pequeño mostrador portátil, me animé a salir. Me acerqué y le pedí permiso para hacerle una foto. Asintió con un gesto sencillo. Tomé las imágenes con discreción, consciente de que estaba entrando en un rincón íntimo de su vida. Para agradecerle, le compré un buen manojo de verduras. Ella sonrió, encantada.
Seguí mi paseo por la calle bulliciosa, entre turistas y gente de Hanoi, muchos vendedores y trabajadoras como esta mujer, cuyo nombre nunca supe. Al regresar, pasé de nuevo frente al restaurante: allí seguía, y me regaló otra sonrisa, aún más luminosa.
Agradezco que nuestras vidas se hayan cruzado, aunque solo fuera por unos minutos. Para mí, fue un encuentro con la dignidad, el esfuerzo y la alegría de otra mujer, desconocida y, al mismo tiempo, cercana.
CECILIA O’DWYER, IBVM
