Renovando Nuestro Compromiso con la Justicia Ecológica»

Esta semana, del 24 al 31 de mayo de 2025, celebramos el 10º aniversario de la promulgación de la encíclica Laudato Si’, cuyo mensaje sobre el cuidado de la casa común y la conversión ecológica ha tenido un amplio impacto tanto dentro como fuera de la Iglesia. A lo largo de esta década, sus palabras han movilizado a personas, comunidades e instituciones de todo el mundo, despertando una nueva conciencia sobre la interconexión entre la crisis ambiental, la justicia social y la espiritualidad.
Laudato Si’ no solo cambió el lenguaje eclesial sobre la ecología, sino que abrió caminos de diálogo entre ciencia, fe y política, inspirando redes de acción climática, educación ambiental y resistencia al extractivismo. Es parte ya del legado profético del Papa Francisco, cuya voz ha sido crucial para situar la cuestión ecológica en el centro del discernimiento ético y espiritual de nuestro tiempo.
En esta línea, el Instituto de la Bienaventurada Virgen María (IBVM), asumió en 2021 el Plan de Acción de Laudato Si’ para siete años, comprometiéndose activamente a integrar los principios de la ecología integral en su misión. Desde entonces, se han impulsado iniciativas concretas en sostenibilidad, justicia económica, educación transformadora y espiritualidad ecológica, convencidas de que el cuidado de la creación es inseparable de la opción por los más vulnerables. Hace solo unos meses, en la Bula Spes non confundit, con la que nos convocaba al Jubileo de la Esperanza en 2025, el Papa Francisco reiteró este compromiso, con una invitación apremiante a los países del Norte Global:
Para que reconozcan la gravedad de tantas decisiones tomadas y determinen condonar las deudas de los países que nunca podrán saldarlas. Antes que tratarse de magnanimidad es una cuestión de justicia, agravada hoy por una nueva forma de iniquidad de la que hemos tomado conciencia:
‘Porque hay una verdadera “deuda ecológica”, particularmente entre el Norte y el Sur, relacionada con desequilibrios comerciales con consecuencias en el ámbito ecológico, así como con el uso desproporcionado de los recursos naturales llevado a cabo históricamente por algunos países’ (LS 51).
Deuda externa y deuda ecológica: dos caras de la misma injusticia
El concepto de “deuda ecológica” señala el desequilibrio histórico entre quienes más han contaminado y quienes más sufren las consecuencias del cambio climático. Durante siglos, el Norte Global ha explotado los recursos naturales del Sur para alimentar su crecimiento económico, dejando tras de sí ecosistemas devastados, comunidades desplazadas y una crisis climática sin precedentes.
Irónicamente, los países que menos han contribuido al calentamiento global —aquellos del Sur Global— son quienes enfrentan sus peores efectos: huracanes, sequías, inundaciones. Y lo hacen con recursos limitados, pues una enorme parte de sus presupuestos nacionales se destina al pago de deudas externas, muchas veces impagables.
En 2021, las naciones más pobres gastaron cinco veces más en el servicio de la deuda que en medidas de adaptación al cambio climático. ¿Cómo pueden entonces dejar de explotar sus reservas de gas o sus tierras agrícolas, si esa es la única vía para conseguir divisas y evitar el colapso económico? Pedirles que no lo hagan sin ofrecer alternativas reales es, simplemente, injusto.
Una trampa: cuanto más cambio climático, más deuda
Los desastres naturales alimentan el ciclo de deuda. Ante cada crisis climática, los países de bajos ingresos se ven forzados a pedir más préstamos para la reconstrucción, elevando su deuda y limitando aún más su capacidad de prevención de futuras catástrofes. Es un círculo vicioso perverso. Peor aún, gran parte de la financiación climática actual llega en forma de préstamos, no subvenciones, y a menudo bajo condiciones impuestas por el Norte Global que perpetúan la dependencia y el extractivismo.
Una oportunidad para actuar
En la próxima 4ª Conferencia Internacional de Financiación para el Desarrollo, que se celebrará en Sevilla en julio, la Iglesia, junto con la sociedad civil global, elevará su voz nuevamente para exigir:
- Un plan global de financiación climática basada en subvenciones, no préstamos.
- La creación de un sistema multilateral de alivio y prevención de deudas injustas, liderado por la ONU y no por intereses privados o geopolíticos.
- Reformar el FMI y el Banco Mundial, para que dejen de financiar proyectos contaminantes y alineen sus préstamos con los objetivos del Acuerdo de París.
- Rechazar los “canjes de deuda por clima” que debilitan las políticas sociales y la soberanía de los países.
Un legado que debe continuar
Laudato Si’ ha dejado una huella indeleble en la conciencia global. Ha inspirado a generaciones jóvenes, ha motivado cambios políticos, y ha ayudado a muchas comunidades de fe a asumir la ecología integral como parte esencial de su misión. Su mensaje sigue siendo tan urgente como hace diez años.
Por eso, mientras celebramos este aniversario, también reiteramos nuestro compromiso con la justicia ecológica como una responsabilidad moral ineludible. No podemos seguir aplazando lo inevitable. El tiempo de actuar es ahora.