Una semana después de la clausura de la cumbre del clima en Belém (Brasil) nos queda un sabor agridulce. Se trata de un evento que siempre nos genera muchas expectativas porque es la única mesa de diálogo y decisión internacional en la que es posible definir una política climática global. Y, aunque sea lentamente, esperamos que en cada edición se den algunos avances.

La propuesta de documento, ‘Mutirão: unir a la humanidad en una movilización global contra el cambio climático’, nos hizo albergar esperanzas por su narrativa audaz, inclusiva y basada en evidencias científicas. En el texto se reconocía la urgencia y la realidad de la crisis climática, y la necesidad de acciones y no sólo palabras para limitar el calentamiento global a 1, 5º (Acuerdo de París, 2015).

También aportaba propuestas valientes sobre movilización financiera para apoyar la mitigación y la adaptación al cambio climático para los países del Sur Global, reconociendo la responsabilidad histórica del Norte Global como una cuestión de justicia climática, no de caridad. Hay que recordar que algunos países siguen afirmando que no hay suficientes fondos públicos, cuando los informes muestran que se podría haber recaudado más de un billón de dólares para la acción climática desde 2015 con un recargo sobre los beneficios de las industrias de combustibles fósiles.

Por otro lado, el texto presentaba un enfoque centrado en las personas, muy en consonancia con los valores de la Laudato Si´, sin olvidar que la transición a una economía respetuosa con la Tierra no puede hacerse ignorando los derechos humanos.

Sin embargo, en los puntos más complicados de las negociaciones, se han sacrificado resultados ambiciosos en el documento final para lograr el consenso:

  • En lugar de establecer un calendario para la eliminación de los combustibles fósiles, solo habla de reducciones de gases de efecto invernadero y de alcanzar cero emisiones “netas” de dióxido de carbono para 2050. De esta forma se centra solo en el síntoma (CO2 en el aire), pero no en la causa (quema de combustibles fósiles) lo que permite seguir extrayendo petróleo y gas, dando por hecho que en el futuro alguna tecnología permitirá capturar esas emisiones.
  • Aunque reconoce la necesidad de 1,3 billones de dólares para financiar la mitigación y adaptación a la crisis climática, sólo establece una meta de movilización de 300.000 millones, dejando una brecha enorme que sufrirán las poblaciones más vulnerables del planeta.

El resultado de la COP30 no ha sido todo lo que esperábamos, pero tenemos que reconocer algunas victorias parciales en los resultados y destacar las iniciativas protagonizadas por la sociedad civil. Algunas de las más destacadas son:

  • La Cumbre de los Pueblos, que finalizó con la entrega de una carta colectiva que reclama una transición justa, más allá del cambio hacia las energías renovables, que garantice el acceso a condiciones laborales justas, soberanía alimentaria y derechos territoriales para los pueblos originarios.
  • La Iglesia Católica, representada por una diversidad sin precedentes en este tipo de encuentros, también ha presentado su propia Declaración dando continuidad a Un llamamiento por la justicia climática y la casa común, de las Conferencias Episcopales de Asia, África y América Latina y el Caribe, que hace unos meses nos invitaba a la conversión ecológica, la transformación y la resistencia a las falsas soluciones a la crisis climática.
  • El anuncio de 62 instituciones religiosas que han decidido desinvertir en empresas de combustibles fósiles, declarando que no es solo una decisión financiera, sino una responsabilidad moral.
  • El Movimiento Laudato Si’, por su parte, presentó las Contribuciones Determinadas por los Pueblos (PDC) a la Presidencia de la COP30, un documento con más de 2,000 compromisos ya asumidos por comunidades de fe de todo el mundo. Esta iniciativa surgió de la Conferencia Internacional Raising Hope, donde se introdujo por primera vez el concepto de las PDC como un llamamiento global del papa León XIV para que individuos, comunidades e instituciones tomemos acciones concretas frente a la crisis climática.

No podemos esperar a la COP 31 para intentar avanzar otro paso más. Tenemos que reclamar que las medidas acordadas en el Agenda de Acción de Belém empiecen ya a implementarse.

También haremos seguimiento de la iniciativa de la Conferencia de Santa Marta, que tendrá lugar en abril, donde un bloque de 80 países liderados por Colombia, Reino Unido, España y los Países Bajos quieren avanzar hacia un Tratado de No Proliferación de Combustibles Fósiles.

Como nos decía el presidente de Brasil Luiz Inácio Lula da Silva en su discurso de clausura: «La lucha contra el cambio climático requiere la movilización y la contribución de toda la sociedad, no solo de los gobiernos. El entusiasmo y el compromiso de ustedes son contagiosos. Son portadores de la fuerza y la legitimidad de quienes anhelan un mundo mejor».

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