Arrugas y sabiduría: la evolución de una conciencia feminista

Hace 30 años se abrieron de par en par mis ojos al ver a algunas hermanas del IBVM unirse a miles de mujeres en la 4ª Conferencia Mundial sobre la Mujer en Beijing. Fue un despertar, un instante que encendió una llama en mi interior.
Poco antes, una mujer de habla inglesa me preguntó si percibía discriminación hacia las mujeres en el idioma español. En mi ingenuidad, respondí que no, pues nos sentíamos incluidas al emplearse el término “hombre” en sentido genérico. Su siguiente pregunta me dejó sin palabras: “¿No te incomoda ser invisible como mujer en el lenguaje?”. Aquellas palabras resonaron en mí como un eco que aún hoy me acompaña.
Desde entonces he recorrido un largo camino de aprendizaje, reflexión y profunda transformación, tanto como mujer como religiosa. He tomado conciencia de aspectos de nuestra cultura, de sistemas y estructuras que, sutilmente, nos relegaban a un segundo plano. Como suele ocurrir, era más fácil detectar injusticias en otros que reconocerlas en mi propia vida; sin embargo, poco a poco fui trasladando lo que era un problema para otras mujeres en otros países a mi entorno.
Mediante el estudio, mucha observación, la reflexión y el diálogo con otras mujeres que también habían despertado a esta realidad —junto con la participación en conferencias, encuentros nacionales e internacionales, cursos y diversas actividades— fui desentrañando las capas de una realidad que hasta entonces me había resultado invisible.
Como mujer y religiosa del Instituto fundado por Mary Ward, el desafío de trascender las estructuras y prácticas arraigadas ha sido constante. Me llevó tiempo comprender a fondo su visión: su clara percepción del valor de las mujeres, negado en su tiempo, los pasos audaces que emprendió y el elevado precio que pagó por su intuición. Esa libertad de conciencia, a la que ella llamaba “referirlo todo a Dios”, ha cobrado un significado especial para mí en estos últimos años.
Me he cuestionado si había aceptado incuestionablemente lo que me enseñaron como verdad o si debía buscar mi propia verdad, guiada por mi conciencia, sabiendo que el conocimiento y la cultura evolucionan con el tiempo. Las personas cambian, las instituciones se transforman y hasta las religiones mutan; todo está en constante cambio. He dejado que esa voz interior me guíe para promover, en la medida de lo posible, la equidad y la dignidad de las mujeres y, por consiguiente, de todas las personas, sin distinción de género.
Siento una profunda admiración por todas aquellas mujeres que, a lo largo de estos 30 años, han abierto caminos en innumerables ámbitos de la vida. Con empeño y sacrificio personal han logrado transformar nuestro mundo, ya sea impulsando cambios en la legislación o incursionando en profesiones que antes parecían inalcanzables. Recuerdo con emoción un encuentro interreligioso en el que una mujer judía, ordenada rabina, nos confesó: “Me hice rabina por mis hijas, para que ellas no encuentren obstáculos en su camino”. También me conmovió el testimonio de una mujer, sacerdote anglicana, quien relató los desafíos de abrirse paso en una institución dominada por hombres. He observado que irrumpir en el statu quo con una perspectiva o práctica novedosa resulta costoso al principio, hasta que se convierte en algo normal.
Desde una perspectiva sistémica, valoro la diversidad de enfoques para alcanzar la equidad en la sociedad y en la Iglesia: el estudio, el activismo, la teoría y la teología feminista, el Instituto de las Mujeres, la Revuelta de las Mujeres en la Iglesia, el apoyo de los hombres a sus parejas y la promoción de una educación igualitaria en las familias. Agradezco la profunda reflexión y los descubrimientos de tantas mujeres, y de igual modo admiro a aquellos hombres que han iniciado su propia introspección sobre el significado de la masculinidad. Celebro los avances en la corresponsabilidad de madres y padres en la crianza y las tareas del hogar, aunque reconozco que aún queda mucho por hacer.
Estoy convencida de que la verdadera igualdad llegará cuando todas las mujeres —sin importar su origen o circunstancias— puedan vivir libres de violencia y discriminación. Hasta entonces, Beijing no será solo un recuerdo inspirador, sino un llamado permanente a la acción. En estos 30 años he aprendido que el cambio es posible, que se han producido transformaciones substanciales en la vida de muchas mujeres, aunque éstas requieren una vigilancia constante. También he comprendido que pilares milenarios de nuestra sociedad no se transforman en 30 años, ni en 50, ni siquiera en un siglo. Las mejoras en la vida de las mujeres generan una evolución en la vida de los hombres.
¡Y la vida sigue por delante! Con arrugas y algo de sabiduría, continuaré honrando la vida, el feminismo y la construcción de un futuro más equitativo para las mujeres y para toda la familia humana.
CECILIA O’DWYER, IBVM